Tengo el agrado de mostrarles un muy buen material literario como pocos he tenido el placer de leer. Esta es una producción de Daniel Flichtentrei, médico cardiólogo argentino, que comparte su subjetividad con nosotros. Se lo puede apreciar, también, desde su sitio web " LA VERDAD Y OTRAS MENTIRAS".
La historia cuenta la experiencia de un médico que visita en una villa de Buenos Aires a una vieja paciente, donde descubre la intimidad de sus vidas y el mundo casi paralelo que conocia mientras recorre los pasillos del lugar. Muy intretenido y alimenta a la imaginación en cada parrafo. Es un poco larga pero vale realmente la pena. Espero que lo disfruten.
LOS PIBES
PRIMERA PARTE: http://www.laverdadyotrasmentiras.com/literatura/los-pibes
Esta tarde tenía visitas esperándome en la puerta del consultorio. Un
Reanult 19 picado de viruela con cuatro pibes adentro. Dudo que nada
funcionara en ese auto excepto el reproductor de música que sonaba a un
volumen altísimo: “Se va para el baile con su minifalda mostrando la burra y le gusta que la miren, le gusta que la miren…”
Sobre el techo había un bidón con nafta desde el que salía un cañito
plástico que ingresaba al motor. Apenas me vieron abrieron las puertas y
bajaron. Ninguno tenía más de veinte o veinticinco años. Vestían
pantalones anchos de colores fosforescentes que les llegaban apenas
debajo de las rodillas. Musculosas con dibujos e inscripciones como: “Piola Vago”, “el Apache”, “Violador serial”, “Perreo al palo”.
El que llevaba la voz cantante era un primate de unos 120 kg y 1.90 m
de estatura. Las zapatillas eran enormes. Creo que jamás las he visto
tan grandes. Tenía una extraña barba finísima que le recorría la cara de
oreja a oreja continuándose con las patillas. La mitad del cráneo
rapado y la otra con una melena peinada con gel húmedo que le llegaba
hasta los hombros. Un aro con una piedra bermellón con forma de elipse.
Sobre el brazo derecho un tatuaje de Carlitos Tévez, sobre el izquierdo
una flecha que atravesaba la palabra “madre” escrita con una
letra cursiva infantil. Los otros tres eran algo menores. Todos usaban
gorritas con la visera apuntando hacia atrás. Se movían al compás de la
música. Daban unos pasitos cortos arrastrando las suelas sobre el piso
acompañados de flexiones de las rodillas y torsiones de la cadera. Una
especie de movimientos coreoatetósicos al compás del reggaetón. El más
joven armaba un porro. Se pasaban de mano en mano una botella plástica
de Coca Cola de litro y medio con un líquido amarillento que no pude
determinar si era cerveza u orina colúrica y espumosa. Me rodearon
cuando empezaba a abrir el portón. Olían a potro y a caballeriza. No
parecían agresivos. Tal vez exóticos o salvajes.
- ¿Vos sos el doctor Daniel?
- Sí, soy yo
- No te asustes tordo, no te vamos a afanar.
- No me asusto. Me encanta verme rodeado de chicos como ustedes.
- Sí, soy yo
- No te asustes tordo, no te vamos a afanar.
- No me asusto. Me encanta verme rodeado de chicos como ustedes.
El diariero de la esquina se asomó para ver qué pasaba. -¿Todo bien doctor?
Le hice señas con la mano de que todo estaba controlado. Uno de los
pibes eructó con la potencia de un trueno antes de arrojar la botella
vacía al medio de la calle. Rozó la cabeza de un hombre mayor que pasaba
en bicicleta. El tipo se detuvo, apoyó un pie sobre el piso y lo puteó.
El pibe levantó un cascote y se lo tiró con una extraordinaria
puntería. El pobre hombre se agachó para esquivarlo y salió corriendo
sin volver a montarse a la bicicleta. Los demás ni siquiera prestaron
atención a lo que sucedía. El grandote me tomó del brazo.
- Mi vieja quiere que vos la atiendas. Te estamos buscando desde hace una semana.
- ¿Tu vieja?
- Sí, Ermelinda Benítez. Una paraguayita que vos atendiste cuando estuvo internada en el hospital. ¿Te acordás?
- La verdad que no. ¿Cuándo fue eso?
- Hace como diez años.
- Mi memoria no llega a tanto. Ya estoy viejo.
- Ella te recuerda muy bien. Siempre habla de vos.
- Me alegro, a veces creo que nadie se acuerda de mí.
- Te llevamos y te traemos de vuelta, ¿vamos?
- Dale, pero tengo que estar acá antes de las seis.
- Tranquilo, te prometo que estarás acá a esa hora.
- ¿Tu vieja?
- Sí, Ermelinda Benítez. Una paraguayita que vos atendiste cuando estuvo internada en el hospital. ¿Te acordás?
- La verdad que no. ¿Cuándo fue eso?
- Hace como diez años.
- Mi memoria no llega a tanto. Ya estoy viejo.
- Ella te recuerda muy bien. Siempre habla de vos.
- Me alegro, a veces creo que nadie se acuerda de mí.
- Te llevamos y te traemos de vuelta, ¿vamos?
- Dale, pero tengo que estar acá antes de las seis.
- Tranquilo, te prometo que estarás acá a esa hora.
Me abrió la puerta para que entrara al auto. Los otros tres se acomodaron en el asiento de atrás. Tuve un instante de duda.
- Mejor los sigo con mi coche. Les dije en un rapto de prudencia que sentí como una cobardía.
- No, te llevemos nosotros. Es cerca, pero un lugar jodido, ¿viste?
- Ok, dale, vamos.
- No, te llevemos nosotros. Es cerca, pero un lugar jodido, ¿viste?
- Ok, dale, vamos.
El asiento tenía una depresión de unos veinte centímetros coronada
por un resorte y jirones de estopa manchada de grasa. El piso dejaba ver
el asfalto a través de dos agujeros irregulares del tamaño de una
mandarina grande. La radio sonaba al tope. Organito, tumbadoras,
raspador. Un locutor anunciaba una noche colombiana repleta de espuma y
la actuación en vivo de “Jimmy y su combo negro” y de “Claudio Benitez y su onda sabanera”.
Chicas gratis hasta las doce de la noche, después veinte pesos por
cabeza. El olor a porro era delicioso. Se pasaron el cigarrito de mano
en mano. A mí no me convidaron. Me sentí excluido y miserable. Bajamos
por la colectora de la autopista del oeste hasta una calle de tierra.
Las sacudidas salpicaban gotitas de combustible que chorreaban por el
parabrisas. Detuvieron el auto al costado de una camioneta Toyota. Uno
de ellos bajó, le hizo saltar la tapa del tanque de nafta con un
movimiento seco y rotundo. Introdujo el cañito plástico y chupó hasta
que la nafta comenzó a fluir hacia el bidón que había apoyado en el
piso. En pocos segundos el recipiente estaba lleno. Volvió a subir
escupiendo combustible a través de la ventanilla. –Es un autoservicio, ¿viste?,
me dijo mientras arrancábamos nuevamente. Al cabo de unas diez cuadras
empezamos a encontrar a grupos de clones de los pibes en las esquinas.
Eran todos igualitos, indistinguibles, uniformados. El conductor
aminoraba la marcha sacaba su brazo y se chocaba con la mano del otro en
una serie atropellada de movimientos que no logré comprender.
Ingresamos en un barrio de casas humildes de cemento sin pintar o de
chapa. Algunas tenían uno o dos pisos. Cientos de antenas de TV y de
cables subían y bajaban a la altura de la cabeza de un hombre de pie.
Había perros y chicos en cantidades semejantes. Los primeros se rascaban
la entrepierna con un empeño admirable, los segundos se sorbían los
mocos descalzos entre la basura.
-Tordo, acá tenemos que bajar y caminar.- Perfecto, adelante.
El grandote y yo nos alejamos a pie por un pasillo estrecho. Los
demás se quedaron en el auto. Hacía un calor vaporoso de caldera del
diablo. Caminábamos sobre charcos de barro y senderos de pedregullo. Las
casas se amontonaban haciendo un uso irrespetuoso del espacio. No
existían ni las proporciones ni la simetría. El conjunto era caótico y
desordenado. Tuve la impresión de que, sin embargo, existía alguna
racionalidad que yo no alcanzaba a comprender. Mis ideas no podían
admitir que la función no guardara relación con la estética. Algo me
resultaba a la vez desagradable y cautivante. Empecé a desprenderme de
esa primera sensación. Entonces el barrio me atrapó con sus sonidos, sus
olores, sus habitantes. Las paredes estaban llenas de graffitis
con leyendas o dibujos. Los colores se mezclaban sin prejuicios ni
reglamentos. La ropa colgada de sogas atravesaba los pasillos
obligándonos a agacharnos para pasar debajo de pantalones, blusas o
guardapolvos escolares. Un flujo vital circulaba como un viento por
todas partes. Desde las ventanas salían las voces de la televisión,
música de chamamé o de cumbia. Pensé que en ese lugar no se conocía el
silencio. Varias mujeres jóvenes y obesas se asomaban a curiosear. A
casi todas les faltaban los incisivos y les sobraban las tetas. Llegamos
a una casa de ladrillos sin revocar. No había puerta sino una cortina
floreada y sucia de tela. El piso era de tierra seca y apisonada
atravesado por los surcos de agua de una regadera. Sobre la pared había
un cuadrito del general Perón montado sobre un caballo con uniforme de
gala y un retrato del Gauchito Gil iluminado por una lámpara colorada
con forma de gladiolo. Entramos a la habitación en penumbras. Se
escuchaba el zumbido en un turboventilador apoyado sobre una silla.
Tropecé con una fuente o algo así y derramé su contenido líquido. Tardé
algunos minutos en acomodar mi visión a la escasa luz. Sobre la cama,
semisentada, encontré a Ermelinda. La reconocí de inmediato. Estaba más
delgada y más vieja. El cabello ralo, negro. Los brazos y las manos
esqueléticas se estiraban hacia mí. Me acerqué. Nos abrazamos durante un
rato que me pareció bastante largo. Pude percibir un temblor
involuntario y sutil que le empezaba en la cabeza y bajaba hacia las
piernas. Olía a lavandina y a colonia frutal. Me llené de recuerdos de
esa mujer en pocos segundos.
- Ermelinda, ¿todavía hacés esa sopa paraguaya que me traías al hospital?
- ¿Se acuerda doctor?
- Claro, cómo iba a olvidarme de ese manjar.
- ¿Se acuerda doctor?
- Claro, cómo iba a olvidarme de ese manjar.
La mujer miró a su hijo y le hizo un gesto. El pibe se acercó a la
cama con una actitud tierna y sumisa que me pareció ridícula en alguien
tan enorme.
-Chuqui, andá a la cocina y traele al doctor un pedazo.
El mono salió a toda velocidad montado sobre sus zapatillas canoa. La música seguía sonando desde alguna parte. Se escuchaba la voz de un locutor que alentaba a la audiencia hablando a los gritos encima de las canciones. Conversé un rato con Ermelinda y después la revisé con detalle. Le habían amputado dos dedos del pie derecho hacía un año. Su diabetes ahora le estaba quitando la visión. Tenía una palidez amarillenta en la piel y las conjuntivas. Lesiones de rascado por un prurito que no le daba tregua desde hacía semanas. Su presión arterial estaba alta y había signos de congestión pulmonar. Las últimas cuarenta y ocho horas había tenido vómitos. Se escuchaba sobre su pecho un ruido áspero como de dos cueros secos frotándose entre sí. Las parótidas estaban hinchadas deformándole la cara a ambos lados. Los párpados edematizados le daban un aspecto de somnolencia permanente. Se quejaba de calambres y la movilidad de sus tendones mostraba subsaltos muy groseros. Tenía signos evidentes de insuficiencia renal severa descompensada. Tal como la recordaba, seguía siendo una mujer dulce y austera. Casi no se quejaba. Tuve que sacarle a empujones el repertorio de sus síntomas. Me mostró una bolsa plástica de supermercados “Día” llena de cajitas de medicamentos que sacó de un cajón de la mesa de luz. Sus hijos no le habían hecho faltar nunca el tratamiento pese a que era muy costoso. El simio me ofreció una porción de sopa paraguaya sobre un platito. Estaba tibia, deliciosa. El olor me transportó muchos años atrás cuando mis compañeros y yo nos peleábamos por comer esa exquisitez en las noches de guardia. Como la magdalena de Proust volví a una época feliz e intensa de la que ya comienzaba a olvidarme. Recuperé, montado en ese aroma, una alegría y un entusiasmo por las cosas de la vida que hace mucho he dejado de sentir. La harina de maíz y el queso se mezclaron en mi boca con los sabores de la ausencia. Fui masticando durante algunos minutos el cadáver de lo que alguna vez fui. Entonces me movía la zanahoria del futuro. Ahora, la desfalleciente inercia del pasado. Me acomodé al borde la cama y comí despacio, saboreando cada bocado tomado de la mano huesuda de Ermelinda. Le agradecí y le di un beso en la frente. Ella le ordenó a su hijo que me envolviese el resto para que me lo llevara a casa. Me trajo un paquetito envuelto en la contratapa de Diario Popular. Había una de esas magníficas fotos del Chocho Santoro de una mujer de espaldas. Flexionaba la columna contra toda fisiología adquiriendo una lordosis lumbar que ponía su magnífico culo en un conmovedor primer plano. Lo guardé en mi maletín. El papel comenzaba a entibiarse. Les pedí a los dos que me escucharan. Tenía que decirles algo importante y necesitaba estar seguro de que lo comprendían. Ermelinda ya no podría seguir en su casa. Habría que internarla y era muy probable que requiriese ingresar en un plan de diálisis definitiva ya que sus riñones habían dejado de funcionar. No había alternativas. Debía procederse de inmediato antes de que tuviese consecuencias irreparables. Ella lo aceptó sin comentarios. Sospecho que esperaba algo así. El mono, en cambio, se abalanzó sobre la cama y la abrazó con desesperación. Lloraba como un bebé con largos sollozos seguidos de una especie de hipo gutural mientras sacudía su inmensa humanidad sobre su pobre y aplastada madre. Intenté separarlo pero no logré moverlo ni un centímetro. La mujer le acariciaba la cabeza y le daba palmaditas en la nuca. Pronunciaba una letanía de una sola palabra como si se tratase de un mantra: -mamá, mamá, mamá… Confieso que me emocioné. Era como un transatlántico rendido sobre una chalupa. La desproporción del tamaño se disolvía ante la potencia del amor. Mientras tanto hice una llamada al hospital para hacer los arreglos con la médica de guardia para que la recibiese conociendo sus antecedentes. Me despedí de Eremelinda con la promesa de ir a verla al día siguiente.
Salimos sin decirnos ni una palabra. El pibe estaba visiblemente
conmovido. El volumen de la música se fue incrementando a medida que
dejábamos la casa. Me tomó del brazo y me miró desde una altura que me
daba vértigo.
-¿Se va a morir doc? ¿Mi vieja se va a morir?
- Está muy enferma, el riesgo es alto. Si todo sale bien la
espera un tiempo difícil en el que deberá hacerse diálisis tres veces
por semana.
-No se puede morir doc, mi vieja no se puede morir.
-No se puede morir doc, mi vieja no se puede morir.
Estábamos detenidos en un pasillo interior del barrio donde apenas
entraban dos personas. Obstruíamos el paso y la gente empezaba a
juntarse alrededor. Nadie se animaba a pedir permiso. Escuchaban nuestra
conversación. Los hacían con un silencio respetuoso y atento que sólo
se quebraba con un murmullo sordo cuando mencionábamos la posibilidad de
la muerte o algún otro dato de la gravedad del estado de Ermelinda.
Algunos lo palmeaban en la espalda en señal de apoyo. Los vecinos
participaban de los acontecimientos como una comunidad donde los límites
entre lo privado y lo público eran muy diferentes a los que yo conocía.
Nadie parecía esperar que el drama de uno debiese ocultarse de la
mirada de los otros. Algunas mujeres entraron a la casa para preparar a
Ermelinda para su traslado al hospital. Me pareció que era una gran
familia integrada y solidaria. Una señora llegó con un bolso rojo, otra
con un frasco de perfume y uno de desodorante. Una mujer con un bebé en
brazos descolgó dos camisones de una soga y comenzó a plancharlos sobre
una tabla de madera. Nadie se movía del lugar. Me decidí a hablar sin
tomar en cuenta que me escucharían una diez o quince personas
expectantes a lo que iba a decir. Hablé mirando al hijo de Ermelinda
pero periódicamente también miraba a los vecinos con el propósito de
saber si me comprendían o si tenían alguna pregunta.
-Tu mamá lleva muchos años de enfermedad. Llega un momento en que
hay que aceptar que el final se acerca. Vos sos su hijo y yo no puedo
ocultártelo. Tenés que ser fuerte para apoyarla y no obligarla a que sea
ella quien deba sostenerte a vos. Así son las cosas. No voy a
engañarte. Esto no va a durar mucho tiempo más.
Las personas se turnaban para frotar sus manos sobre la enorme
espalda del pibe o apretarle el brazo. Un hombre mayor, de piel oscura y
curtida, se adelantó al grupo hasta quedar delante de mí. Usaba un
sombrero de paja y un pañuelo atado al cuello. –Doctor, acá todos
estamos para ayudar. Si hace falta algo: sangre, cuidadores para la
noche, plata, lo que sea doctor, lo que sea. Tenía un fuerte acento
guaraní. Tal vez fuese correntino o paraguayo. Olía a vino pero no
parecía alcoholizado. Me ofreció su mano que acepté gustoso. –Le gradecemos mucho que haya venido a ver a la Ermelinda doctor.
Bajó la cabeza, dio media vuelta y desapareció detrás de la gente que
nos rodeaba. La música seguía sonando a todo volumen. A nadie le
sorprendía ese alboroto. No me pareció que consideraran que la situación
exigiera silencio o algo más discreto. La cumbia formaba parte del
ambiente como el aire o la luz. No es que a mí me molestara pero no
podía dejar de atender a las letras de las canciones y sentir cierta
vergüenza: “Vení pa´ cá vamo a cojé…”. Me
pareció que yo era la única persona que sentía ese pudor. Al cabo de un
rato me adapté. Incluso comencé a sentirme a gusto con ella: “Si sos turra me moviste / ese ropete yo te lo quiero romper…” Recordé
que cuando me encontré con los pibes en la puerta del consultorio venía
escuchando extasiado en el auto a Path Metheny, “Wath it all about”
que me había mandado mi amiga Lucía desde Nueva York. Había muchos
mundos y cada uno se hacía escuchar con sus propios sonidos.
El grandote me pidió que lo acompañara. Ingresamos en una casa a
pocos metros del lugar donde nos habíamos detenido. Apenas abrió la
puerta la música adquirió una intensidad insoportable. Tres chicos
manejaban una consola de sonido. Todos usaban lentes oscuros. Eran
flaquísimos, altos y usaban una ropa desproporcionadamente grande lo que
exageraba su delgadez. Había cinco o seis chicas bailando distribuidas
en la pieza. Usaban remeras ajustadas que dejaban sus ombligos al aire y
una polleritas minúsculas que se balanceaban deliciosamente. Hice un
esfuerzo enorme por no mirarlas. Aunque no me duró mucho tiempo. No pude
evitarlo. Bastaron algunos segundos para que mis ojos quedaran
capturados por sus nalgas. Eran perfectas. Unas redondeces dotadas de
vida propia. Asomaban su maravilla como una luz intermitente con cada
movimiento de la pollera. Entramos en una piecita pequeña repleta de
cajones de cerveza Quilmes Imperial y botellas de Fernet Branca apiladas
hasta la altura del techo. -¿Qué es este lugar? le pregunté. –Una
radio, se llama FM Génesis. Acá la escucha todo el mundo. En las casas,
en los autos y en los altoparlantes que hay en las esquinas. Sacó
del bolsillo trasero del pantalón un fajo de billetes de cien pesos
enrollado y ajustado con una bandita elástica. No sabría decir la
cantidad pero había más dinero del que yo haya visto alguna vez. -¿Cuánto te debo doc? Me preguntó mientras desataba los billetes. –Nada, no te preocupes. Me parece que yo debería pagarte a vos porque me permitiste volver ver a Ermelinda y conocer este lugar. El pibe se quedó mirándome sin comprender lo que le acababa de decir. –No, de ninguna manera. Vos tenés que cobrar.
Otra vez percibí la incoherencia entre su desmesurado tamaño y su
actitud tan ingenua. Me veía obligado a levantar la cabeza para mirarlo a
los ojos. Me parecía estar hablando con un rascacielos obeso y
desgarbado. –Quedate tranquilo, hay cosas que no tienen precio. Me arrastró hasta la habitación de la que veníamos. Otra vez nos aturdió el sonido. –Llevate una guachita entonces doc. Ya me di cuenta como las mirabas. Las chicas seguían bailando solas como muñecas a cuerda. -¿Te parece? ¿Qué pensarán ellas si tuvieran que venirse con alguien como yo? Se acercó hasta mi oído para que pudiese escucharlo. –Vos no te preocupes, estarán encantadas. Te llevás la que más te guste y después yo te la paso a buscar.
Las miré una a una. Eran tan jóvenes y hermosas. Tan perfectas y
sensuales. Bailaban con movimientos provocadores mientras sonreían como
autómatas. –Te lo agradezco mucho. Son preciosas. Pero no puedo aceptarlo. Mejor llevame de vuelta que se me está haciendo tarde.
El grandulón hizo una seña a los chicos de la consola. La música se
detuvo. –El doctor quiere ver a las chicas, a ver si le muestran lo que
saben hacer. Empezó a sonar una versión tropical y llorona de Lambada.
Las chicas comenzaron a bailar. Una de ellas se subió a una mesa.
Giraban y movían las caderas al compás de una percusión muy primitiva de
palmas y redoblante. El cantante empleaba un lamento sobreagudo de
bolero mitad en español del Caribe y mitad en brasilero elemental. El
espectáculo era sobrecogedor. El grandulón se alejó unos pasos.
Tomó a una chica de la mano y bailó con ella. No podía creer lo que
estaba viendo con mis propios ojos. Esa mole torpe se transformó por
completo. Adquirió una gracia extraordinaria. Un talento que resultaba
incomprensible en alguien como él. Toda su incoordinación de movimientos
al caminar se convirtió, bajo el embrujo de la música, en una
extraordinaria destreza para la danza. Tuve la impresión de que una
fuerza misteriosa le atravesaba cuerpo dotándolo de una habilidad que un
minuto antes parecía imposible. Me hubiese gustado haber sido capaz de
hacer algo así. Bailar con una mujer con la música gobernándome el
cuerpo. Ese pibe era libre cuando bailaba. Él tenía acceso a una
variante estilizada del sexo que era desconocida para mí. Se acercó con
la chica de la mano. –Ella es la Gladys, una misionera caliente y gauchita. Llevátela, yo sé lo que te digo. La piba se reía satisfecha con la descripción que hacían de ella. –No, gracias. No quisiera sacrificar a una mujer tan hermosa con un tipo tan desagradable como yo. Se los agradezco mucho. Se me está haciendo tarde, me tengo que ir.
Desandamos el camino por el que habíamos llegado. Las personas me
saludaban como si fuese un héroe. Le ofrecían al pibe ayuda y
solidaridad. Todos estaban enterados de lo que le ocurría a Ermelinda.
La música de la radio se repetía en cada casa, en cada esquina.
Sintonizaban la misma estación que parecía ser el sonido propio del
barrio. Encontramos a dos adolescentes sentados en el piso con
herramientas en las manos. Tenían destornilladores, pinzas, sierras,
martillos, una llave cruz y un criquet hidráulico. Me pareció extraño.
No hacían nada. Actuaban como si estuvieran esperando para comenzar un
trabajo pero no entendía cuál. -¿Estos pibes qué hacen? ¿De qué laburan? Nos detuvimos. El grandote sonrió. -¿Ves ese auto que está allá enfrente, del otro lado de la autopista? Apenas podía verlo. Era un Audi A3 gris metalizado, precioso, estacionado sobre la banquina de tierra. -¿Sí, lo veo? Señaló a los chicos que seguían esperando. –Los
pibes lo levantaron hace un rato. Ahora tienen que esperar dos horitas.
Si tiene LoJack llegará la cana y se acabó el laburo. Si los ratis no
aparecen, los changos le ponen mano y en veinte minutos lo desguazan
para repuestos. Saludó a los desarmadores de coches chocando el
puño con cada uno de ellos y seguimos nuestra marcha. Como la cumbia,
como la falta de privacidad, también esto parecía algo naturalizado
sobre lo que nadie aplicaba ningún juicio moral. Pura supervivencia.
Estrategias de vida que, también a mí, empezaban a parecerme razonables.
A pocos metros había una casa de dos pisos con las paredes repletas
de dibujos de vírgenes, santos, animales y algunos símbolos que no pude
identificar. Desde la puerta partía una larga fila de personas que se
perdía en el laberinto de aquellos pasillos. -¿Qué espera toda esa gente allí?, le pregunté a mi cicerone. –Es la casa de la Dorita, es tu colega acá en el barrio.
Había personas de todas las edades, chicos, embarazadas, viejos.
Esperaban con paciencia bajo el sol ardiente de la tarde. Era evidente
que algunos estaban muy enfermos. Los familiares les llevaban sillas
para que descansaran y las iban adelantando a medida que la fila se
movía. -¿Mi colega? Dos mujeres recorrían la cola ofreciendo
chipa y torta de chicharrón que llevaban en canastas de mimbre sobre las
cabezas cubiertas con telas blancas, inmaculadas. –Sí, es curandera
y de las mejores. A mi vieja la atendió varias veces. Pero cuando ella
nota algo que no puede arreglar te manda al hospital. Me detuve a
mirar a la gente. Una mujer joven se apoyaba contra la pared. No tendría
más de treinta años. Otra, tal vez su madre, la abanicaba con una
revista. Estaba agitada, respiraba con un esfuerzo enorme. Se la veía
agotada. Sudorosa y con los labios azulados. –Me parece que esa chica va a ser una de las que la Dorita mande al hospital. Se la ve muy mal.
El pibe se acercó, la tomó del brazo y la acompañó hasta entrar en la
casa. Me hizo señas de que lo siguiera. Nadie se quejó. Todos
entendieron que era necesario apurar la atención de esa mujer. Entramos.
Nos inundó un intenso olor a incienso. Había pequeños recipientes con
aceites aromáticos sobre mecheros encendidos. Crucifijos de todos los
tamaños. Láminas con vírgenes y santos pegadas con chinches sobre las
paredes. Al fondo del único ambiente, un altar iluminado con velas y una
estatuilla de la virgen de Luján. Sobre la pared un mural de la Difunta
Correa que iba desde el techo hasta el piso. La gente le había dejado
botellas vacías de gaseosas, vino, sachets de leche, bandejas con frutas
y verduras. Un televisor encendido sin volumen donde se veía Crónica
TV. La Dorita estaba de pie con sus dos manos sobre la cabeza de un
hombre de unos cuarenta años que se sacudía como si tuviese convulsiones
pero sin caerse. Tenía los ojos cerrados y hablaba a los gritos en una
extraña lengua. Cuando nos vio sacó las manos de la cabeza del hombre y
le dio dos golpecitos con los dedos sobre la frente. Se despertó de
inmediato. Estuvo algo confundido pero ella lo abrazó y le dio un beso
en cada mejilla. El hombre se recompuso y se retiró ayudado por una
mujer. La Dorita aparentaba unos setenta años, enjuta, arrugada,
morocha. Tenía el cabello recogido con un rodete perfecto sobre la nuca.
Vestía una blusa blanca, larga y amplia que casi le llegaba a las
rodillas y una pollera floreada que alcanzaba sus talones. Estaba
descalza. Erguida y firme en su actitud. Se acercó frotándose las manos
con un líquido aceitoso con olor a eucalipto. –Dorita, este es el doctor Daniel. Vino a ver a mi vieja. Me dio dos besos, uno en cada lado de la cara, como al hombre que acababa de atender. –Gracias por venir doctor, esa mujer está muy mal. Sonreía pese a que sus ojos expresaban su preocupación por Ermelinda. –Hicimos entrar a esta chica porque el doctor no la vio nada bien,
le dijo en pibe. La mujer se agarraba del respaldo de una silla
haciendo un gran esfuerzo para respirar. Tosía. Desde donde estábamos se
escuchaba el sonido sibilante de su respiración. Parecía que se iba a
caer de un momento a otro. La Dorita se acercó y le puso ambas manos
sobre el pecho. Después le tocó los labios con la punta del dedo índice y
le revisó las conjuntivas. Se dio vuelta y me miró. –Es tuya doctor.
Me acerqué y conversé algunas palabras para tranquilizarla. No podía
hablar. Su madre me contó que tenía fiebre desde hacía cuatro días.
Habían ido al hospital pero no habían podido comprar los medicamentos.
La revisé durante algunos minutos. Hervía, sudaba. Saqué un oxímetro de
pulso de mi maletín y se lo ajusté en el dedo. Tenía una severa
desaturación de oxígeno. –Hay que internarla ahora mismo, les
dije a mis acompañantes. El grandote sacó un teléfono celular e hizo una
llamada. Le entregó a la madre unos cuantos billetes del mismo rollito
atado con una bandita elástica que le había visto un rato antes. Yo
volví a llamar al hospital, ahora para avisar que enviaba a la mujer. Mi
compañera se sorprendió. -¿Qué te pasa hoy? ¿Andás recolectando enfermos por la calle?
No tuve ganas de explicarle nada. Éramos amigos desde hacía muchos
años, la conocía muy bien. Sabía que se iba a ocupar de los enfermos con
dedicación y conocimiento. Recordé que me había contado que se quería
cortar el cabello la última vez que nos habíamos visto. -¿Te cortaste el pelo? La pregunta la sorprendió. Hizo una pausa. –Sí, me lo corté hace una semana. Es una mujer muy bella. Tenía una melena larga y negra. –Lo voy a extrañar, pero seguro que estás hermosa. Llegó un hombre diciendo que tenía un remise para llevar a la mujer al hospital. –Si seguís mandándome tantos pacientes no voy a tener tiempo de comprobarlo. Madre e hija salieron acompañadas por el chofer. –No te preocupes, siempre estaré yo para recordártelo. Corté la comunicación. Saludé a la Dorita y salimos de su casa.
Los desarmadores de coches seguían en su puesto de vigilancia. Como
predadores al acecho clavaban la mirada al otro lado de la autopista. Su
presa era un animal hermoso gris metalizado que esperaba su turno para
el descuartizamiento sobre la banquina de tierra. La tarde caía hacia el
oeste detrás de un montecito de álamos. Una señora regaba el jardín en
el que convivían una huerta con tomates cherry y lechuga arrepollada con
almácigos de flores. Una enorme Santa Rita trepaba la pared sostenida
por palos de escoba atados con hilo. Debajo se derramaba una tupida mata
de glicinas que caía como una lluvia violeta sobre los yuyos. Con una
mano sostenía una manguera de la que salía un chorro agónico de agua
turbia, con la otra el mate. Pasamos por encima de unos perros que ni se
dieron por enterados de nuestra presencia. Al doblar la esquina
encontramos al Renault 12 con el bidón lleno sobre el techo y los pibes
durmiendo despatarrados sobre el pasto. Me senté sobre el cráter del
asiento. Avanzamos por la misma calle de tierra por la que habíamos
entrado al barrio. Me di vuelta para mirar las casas empequeñeciéndose a
medida que nos alejábamos. Sentí una nostalgia tonta. Empecé a extrañar
aquel lugar que ni siquiera conocía. A su gente. A la Ermelinda, a la
Dorita, a los desarmadores de autos en su paciente vigilia policial. El
grandote manejaba dando tumbos con el auto sobre los pozos. Varias veces
di con la cabeza contra el techo. Cruzamos un puente y bajamos por la
colectora del Acceso Oeste. Pasamos a metros del Audi abandonado en la
banquina. Durante el viaje pensé que me gustaría volver. Comparé mi
pequeño y mezquino mundo con la miseria verdadera que había conocido esa
tarde. El lamento perpetuo de la gente como yo con la alegría austera y
resignada de esas personas. Sí, tenía que volver. Tal vez a conversar
con la señora que regaba las plantas. A visitar el consultorio kitsh de
la Dorita. A llevarme a la Gladys, ¿por qué no? A disfrutar sin
preguntas de la deliciosa alegría de sus nalgas. Todo era irrespetuoso y
verdadero en ese lugar.
Llegamos a mi consultorio. Bajé del auto. El grandulón también lo hizo. Dio la vuelta y me abrazó. Sentí que el abominable hombre de las nieves me daba el abrazo final en las laderas del Himalaya. Cuando me soltó pude recuperar el aliento. –Gracias tordo, muchas gracias por todo. La mole me miraba con ojos de niño. –Ya te lo dije, gracias a vos. Sos muy buen hijo. Tu vieja debe sentirse orgullosa de vos. Me pareció que el pibe iba a llorar. –No te pagamos doc, te hicimos laburar mucho y no te pagamos nada. Abrí mi maletín. Saqué el paquete envuelto con la contratapa del Diario Popular. Estaba tibio todavía. Despedía un aroma exquisito a queso y a cebolla. Se lo puse delante de la nariz. Tuve que ponerme en puntas de pie con el brazo en alto para alcanzarla. -¿Te parece que no me pagaron? Olé, cerrá los ojos y olé este manjar.
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